Jackelyn se aburre. Decide saltarse la clase de filosofía alegando que tiene un dolor inhumano de cabeza y que está mareada. Sale de clase sonriendo a espaldas del profesor y se dirige al patio a que le dé el aire. En la pista, una clase dando gimnasia corre alrededor del área marcada.
-Siempre he pensado que correr en círculos es de gilipollas –se dijo.
Se sienta en el banco de siempre y saca el cigarrillo medio consumido que había tenido que apagar antes de entrar al instituto.
Echa una mirada despreocupada a su alrededor cuando ve una silueta musculosa acercándose a la fuente que hay detrás de los árboles que tapan el banco. Guarda el cigarro, se coloca la camisa y se acerca.
-Matty –sonríe.
Él sigue bebiendo agua sin prestarle atención a la chica.
-Oh, venga, ¿cuánto tiempo vas a intentar ignorarme?
-No lo intento, lo hago, Jacky.
-No entiendo tu puto juego. Primero me vienes a buscar para que te haga un completo y ahora pasas de mi culo.
-Podría preguntar lo mismo, pero es que me la sudas, ¿sabes? Entérate ya.
Se agacha de nuevo a la fuente para dar un último trago antes de irse. Jacky, ofendida, apaga su cigarro en el agua mientras él bebe.
-Que te jodan, guapito.
Matt escupe las cenizas aguadas y agarra a Jacky del brazo.
-Eso es lo que tú quieres, ¿no? Que te joda pero bien.
La besa. Con intensidad, con furia, con rabia, con deseo. El morbo de ser descubiertos por cualquier profesor. De ser vigilados por ventanas vecinas. Jacky se pega a él, sintiendo la aceleración acompasada de sus corazones. Y entonces él se aleja. Y la deja con los labios rojos, hinchados. Y ella ve como sus torpes piernas le fallan y queda de rodillas en la tierra, con el sabor de lo prohibido recorriendo su boca.
Mostrando entradas con la etiqueta Las víctimas de Jacky no quedan impunes. Mostrar todas las entradas
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Si me inyectas amor
''Quizás hoy se me cure esta herida.'' Se ha levantado temprano. La suave brisa que entra por la ventana, abierta de par en par, hace bailar levemente las cortinas azules que adornan el alféizar. "Si consigues que el sol marque hoy dónde está la salida..." Mira la ventana: nublado. Bueno, tal vez no sea la canción adecuada, piensa Jackelyn. Cambia la emisora de la radio. "You're my tocket outta Loserville..." Oh, qué recuerdos. "So I guess I better kiss goodbye to my ticket outta Loserville." No, eso no me pasará a mí. Definitivamente, no.
Fuera hace la temperatura ideal para dar una vuelta, a pesar de las nubes, que tapan el brillo de la estrella más hermosa. O la segunda estrella, sonríe. Jackelyn está sentada en los bancos que hay detrás de su instituto. Saborea un Calipo de lima-limón, fuerte, atrevido. Mira el reloj de vez en cuando; parece esperar a alguien, aunque no muestra inquietud alguna. Su móvil suena. Tin tin tin. Un mensaje. Sonríe. Mientras, se apresura a tragar el poco hielo medio derretido que le queda en la boca y se relame juguetona los labios, segura de estar siendo observada. Vuelve la cabeza hacia la izquiera, dónde una silueta se dibuja doblando la esquina, en dirección a Jack.
-Has tardado.
-Ya he llegado. ¿Qué quieres?
-No me llamaste.
-No me digas -ironiza él.- Qué esperabas, estaba ocupado buscando a otra que tuviera sed, ¿sabes?
-Te lo tomas todo al pie de la letra, Matt, era una simple broma que tú deberías haber seguido.
-No puedo pensar y leer a la vez, soy un tío, ¿no es esa la imagen que tienes tú de nosotros?
-Ajá.
-¿Y para qué me haces venir?
-No me gusta perder.
-No puedes perder una batalla en la que luchas tú sola, querida Jackelyn.
-Ya lo veremos.
Se va a paso ligero, con su orgullo herido y el rojo fuego de sus labios reflejado en sus ojos.
Fuera hace la temperatura ideal para dar una vuelta, a pesar de las nubes, que tapan el brillo de la estrella más hermosa. O la segunda estrella, sonríe. Jackelyn está sentada en los bancos que hay detrás de su instituto. Saborea un Calipo de lima-limón, fuerte, atrevido. Mira el reloj de vez en cuando; parece esperar a alguien, aunque no muestra inquietud alguna. Su móvil suena. Tin tin tin. Un mensaje. Sonríe. Mientras, se apresura a tragar el poco hielo medio derretido que le queda en la boca y se relame juguetona los labios, segura de estar siendo observada. Vuelve la cabeza hacia la izquiera, dónde una silueta se dibuja doblando la esquina, en dirección a Jack.
-Has tardado.
-Ya he llegado. ¿Qué quieres?
-No me llamaste.
-No me digas -ironiza él.- Qué esperabas, estaba ocupado buscando a otra que tuviera sed, ¿sabes?
-Te lo tomas todo al pie de la letra, Matt, era una simple broma que tú deberías haber seguido.
-No puedo pensar y leer a la vez, soy un tío, ¿no es esa la imagen que tienes tú de nosotros?
-Ajá.
-¿Y para qué me haces venir?
-No me gusta perder.
-No puedes perder una batalla en la que luchas tú sola, querida Jackelyn.
-Ya lo veremos.
Se va a paso ligero, con su orgullo herido y el rojo fuego de sus labios reflejado en sus ojos.
El banco
A las tres y cuarto, Matt salió con aire despreocupado de la aburrida clase de recuperación de matemáticas. Miró por los alrededores de la puerta de su clase, pero no halló nada interesante. Nadie interesante, mejor dicho. Se apresuró a salir al patio por si su queridísima presa prefería ser cazada en un terreno más escondido. Nada, allí no quedaba nada más aparte del barrendero quitando del suelo las bolsas, pañuelos, cigarros y demás basura que tiraban los niñatos por la mañana. Se sentó en el mismo banco dónde había estado hablando con ella, intentando tranquilizar su impaciencia y despejar la mente para maquinar su siguiente paso. Una de las veces que agitó la cabeza en un esfuerzo por aclarar las ideas, vio un trozo de papel blanco bajo la pata del banco que sostenía su peso. Se agachó y se dio cuenta de que era la nota que él le había lanzado cuando puso rumbo al interior del edificio. La cogió, mitad confuso, mitad irritado, y reparó en que en la parte trasera había un mensaje; una letra distinta a la suya.
Oh, querido Matt, tú también eres muy predecible, ¿sabes? Bueno, todos los tíos los sois. Por desgracia, yo no soy prostituta a domicilio ni tengo pensado serlo, así que búscate a otra para que se trague el líquido que desprende tu corto pajarito.
Muac! Jackelyn.
Arrugó el papel entre sus dedos, cabreado porque una niña a la que le sacaba dos años se riera así de él. Ahora entendía a Alex: por muy cabrón que fuera él con las tías, la pequeña Jackelyn le daba cincuenta vueltas y muy bien dadas además. Decidió, pues, que el ridículo que le había hecho pasar a Alex no se lo haría sufrir a él también. Destrozó la nota pacientemente y la tiró en la papelera más cercana. D
espués, con paso ligero, se perdió entre los árboles frondosos que guardaban aquel banco de miradas indiscretas, con una sonrisa de suficiencia que no le traería nada bueno al destinatario de ella, mientras se sacaba de su bolsillo derecho material suficiente para dejar volar a su imaginación durante un par de horas.
Tras las rejas que daban el paso del patio al exterior, unos ojos verdes llenos de vitalidad quedaban cegados por el humo de un cigarrillo que exhalaban unos labios color carmesí, cuya dueña poseía el don letal de la joven inocencia.
Oh, querido Matt, tú también eres muy predecible, ¿sabes? Bueno, todos los tíos los sois. Por desgracia, yo no soy prostituta a domicilio ni tengo pensado serlo, así que búscate a otra para que se trague el líquido que desprende tu corto pajarito.
Muac! Jackelyn.
Arrugó el papel entre sus dedos, cabreado porque una niña a la que le sacaba dos años se riera así de él. Ahora entendía a Alex: por muy cabrón que fuera él con las tías, la pequeña Jackelyn le daba cincuenta vueltas y muy bien dadas además. Decidió, pues, que el ridículo que le había hecho pasar a Alex no se lo haría sufrir a él también. Destrozó la nota pacientemente y la tiró en la papelera más cercana. D
espués, con paso ligero, se perdió entre los árboles frondosos que guardaban aquel banco de miradas indiscretas, con una sonrisa de suficiencia que no le traería nada bueno al destinatario de ella, mientras se sacaba de su bolsillo derecho material suficiente para dejar volar a su imaginación durante un par de horas.Tras las rejas que daban el paso del patio al exterior, unos ojos verdes llenos de vitalidad quedaban cegados por el humo de un cigarrillo que exhalaban unos labios color carmesí, cuya dueña poseía el don letal de la joven inocencia.
Rumores
Jackelyn estaba, como de costumbre, sentada en aquel banco alejado y escondido que siempre acaparaba en la hora de los recreos. Sujetaba entre sus finos dedos un cigarro, ya por la mitad, que fumaba tranquilamente sin preocuparse de las miradas indiscretas que le echaban los demás estudiantes que pasaban a su alrededor. No era por el cigarro, no; ella lo sabía bien. Desde que cruzó la puerta de su clase, mejor dicho, desde que se aproximaba a la entrada del instituto, todas las miradas iban dirigidas hacia ella. Se había corrido la voz, cosa que a Jacky le agradaba. Unos la felicitaban con silenciosas miradas; otros, la fulminaban con la misma. Haciendo caso omiso a qué tipo de mirada era la que se cruzaba con ella, no perdía su sonrisa triunfal: se sentía orgullosa de su arriesgada hazaña.
Mientras le daba las últimas caladas a su cigarrillo, notó que alguien la observaba. Por un momento creyó que sería Alex y empezó a sentir una sensación de asfixia en el pecho. Se atrevió a girar un poco la cabeza y vio que su admirador secreto era un chico de unos diecisiete años, moreno, de ojos marrones verdosos según creyó observar y no parecía tener mala pinta. Sonrió para sí, pasando la boquilla del cigarro por sus labios de manera provocativa. El tipo se levantó y se acercó a ella cuando tiró la colilla al suelo.
-¿Puedo? –preguntó el extraño mirando a Jacky.
Ella se encogió de hombros y el muchacho se sentó no muy lejos de ella.
-¿Son ciertos los rumores que circulan sobre ti, pequeña Jackelyn?
-¿Qué rumores, gran desconocido?
-Oh, perdona, que descortés por mi parte. Me llamo Matt –se presentó.
-Al grano.
-¿Dejaste con el calentón a Alex la otra noche, tigresa?
-Si ya te lo ha contado él, ¿para qué coño preguntas?
-¿Quién te dijo que me lo contó él?
-Tigresa.
-Chica lista… -se quedó pensativo.
-Amenázame, mírame mal y vete, estoy ocupada.
-¿Con qué? –miró a su alrededor exagerando para encontrar aquello que mantenía ocupada a la joven.
-Contigo desde luego no –le cortó ella.
-Bueno, vale, ya me voy. Sólo quería decirte que si de verdad eres tan fogosa como dice tito Alex, me gustaría probarte alguna noche.
-¿Y no te dijo tito Alex que soy propensa a parar cuando noto que no voy a ser bien rellenada? –se burló ella.
Matt se rió escandalosamente.
-Tranquila, Cenicienta, el hecho de tú lo tengas excesivamente estirado no quiere decir que no vuelva algún día su forma –le dio un pellizco en la mejilla y se fue sin volver la vista.
-¡Idiota! –gritó ella, furiosa.
Poco después sonó el timbre que anunciaba el final de su escaso tiempo de libertad. Al levantarse del banco, su pie se topó con algo ligeramente más duro que la tierra que había allí. Lo levantó y se encontró un papel.
-Debe de ser del simpático de antes –se dijo.
Lo cogió. Pequeña Jackelyn, no te tomes en serio mi bromita de antes (sí, eres bastante previsible, muñeca). Tercera planta, pasillo de la derecha, 1ºB. Hoy salgo una hora tarde porque tengo que quedarme a una clase de recuperación. ¿Te viene bien esperarme?
Al final de la nota había un número escrito, supuestamente, el de aquel tipo. Estrujó la nota entre sus dedos y la tiró al suelo, aún más irritada que antes. Avanzó hasta el árbol que ocultaba aquel banco solitario y se paró al ver al tipo apoyado en la pared de la puerta de entrada al edificio. Decidió, pues, que inglés se lo tenía más que sabido y que no tenía prisa por entrar. Retrocedió despacio y se sentó en el banco mientras se guardaba en el bolsillo un arrugado trocito de papel. Sonrió.
Mientras le daba las últimas caladas a su cigarrillo, notó que alguien la observaba. Por un momento creyó que sería Alex y empezó a sentir una sensación de asfixia en el pecho. Se atrevió a girar un poco la cabeza y vio que su admirador secreto era un chico de unos diecisiete años, moreno, de ojos marrones verdosos según creyó observar y no parecía tener mala pinta. Sonrió para sí, pasando la boquilla del cigarro por sus labios de manera provocativa. El tipo se levantó y se acercó a ella cuando tiró la colilla al suelo.
-¿Puedo? –preguntó el extraño mirando a Jacky.
Ella se encogió de hombros y el muchacho se sentó no muy lejos de ella.
-¿Son ciertos los rumores que circulan sobre ti, pequeña Jackelyn?
-¿Qué rumores, gran desconocido?
-Oh, perdona, que descortés por mi parte. Me llamo Matt –se presentó.
-Al grano.
-¿Dejaste con el calentón a Alex la otra noche, tigresa?
-Si ya te lo ha contado él, ¿para qué coño preguntas?
-¿Quién te dijo que me lo contó él?
-Tigresa.
-Chica lista… -se quedó pensativo.
-Amenázame, mírame mal y vete, estoy ocupada.
-¿Con qué? –miró a su alrededor exagerando para encontrar aquello que mantenía ocupada a la joven.
-Contigo desde luego no –le cortó ella.
-Bueno, vale, ya me voy. Sólo quería decirte que si de verdad eres tan fogosa como dice tito Alex, me gustaría probarte alguna noche.
-¿Y no te dijo tito Alex que soy propensa a parar cuando noto que no voy a ser bien rellenada? –se burló ella.
Matt se rió escandalosamente.
-Tranquila, Cenicienta, el hecho de tú lo tengas excesivamente estirado no quiere decir que no vuelva algún día su forma –le dio un pellizco en la mejilla y se fue sin volver la vista.
-¡Idiota! –gritó ella, furiosa.
Poco después sonó el timbre que anunciaba el final de su escaso tiempo de libertad. Al levantarse del banco, su pie se topó con algo ligeramente más duro que la tierra que había allí. Lo levantó y se encontró un papel.
-Debe de ser del simpático de antes –se dijo.
Lo cogió. Pequeña Jackelyn, no te tomes en serio mi bromita de antes (sí, eres bastante previsible, muñeca). Tercera planta, pasillo de la derecha, 1ºB. Hoy salgo una hora tarde porque tengo que quedarme a una clase de recuperación. ¿Te viene bien esperarme?
Al final de la nota había un número escrito, supuestamente, el de aquel tipo. Estrujó la nota entre sus dedos y la tiró al suelo, aún más irritada que antes. Avanzó hasta el árbol que ocultaba aquel banco solitario y se paró al ver al tipo apoyado en la pared de la puerta de entrada al edificio. Decidió, pues, que inglés se lo tenía más que sabido y que no tenía prisa por entrar. Retrocedió despacio y se sentó en el banco mientras se guardaba en el bolsillo un arrugado trocito de papel. Sonrió.
La última calada.
Abrió la puerta despacio, sin hacer ruido. Las luces estaban apagadas pero de fondo se oía lo que parecía ser el murmullo de un televisor.
-Quédate aquí –susurró la chica a su acompañante.
Se acercó hasta el salón y vio una figura mirando embobada la película que ponían en la tele.
-Llegas tarde, Jackelyn –canturreó.
-¿Y mamá y papá?
-Salieron.
-Bien –se acercó al mando de la televisión y la apagó.- Los lunnis salieron hace tiempo, Jimmy: a la cama.
El muchacho se levantó y se dirigió a la puerta.
-Si papá se entera de que llegas tarde y de que encima traes un chico…
-Duérmete, enano, mañana te hago los deberes.
Jimmy sonrió satisfecho mientras subía las escaleras hacia su dormitorio.
-Hermanos… -se lamentó Jacky.- Puedes pasar –informó en un tono algo más elevado.
-¿Seguro?
-Sí.
El interpelado cerró la puerta con sumo cuidado para no llamar la atención del enano durmiente y así tener intimidad de una vez por todas.
-¿Quieres beber algo? –preguntó Jacky.
-Tu saliva.
Ella sonrió con picardía.
-Pues ven a buscarla.
Sin necesidad de repetirlo dos veces, el chico se abalanzó sobre ella, aferrándose a su cabello con fuerza mientras pasaba su lengua por el frágil cuello de la muchacha. Ella se estremeció de placer mientras se mordía el labio inferior ya sin pintalabios. Bajó sus manos por el pecho de él, en un desesperado intento por llegar por fin hasta el final de la camiseta y poder arrebatársela. Lo consiguió a la vez que él empezaba a desabrocharse el cinturón sin darse cuenta de que ella aún estaba vestida. Cuando reparó en ello, llevo su boca a los botones medio desabrochados de la camisa de Jacky e introdujo su lengua por el hueco que dejaban, recorriendo así el comienzo de sus pechos aún protegidos. Ella, enloquecida, recordó su propósito y comenzó a llevarlo a cabo: le empujó contra el sofá, cayendo sobre él y notando su excitación sobre su sexo palpitante a la vez que se quitaba la camisa a tirones. Él, con los ojos desorbitados, forcejeaba con su cinturón. Sus respiraciones acompasadas se perdían entre un caos de gemidos. Jacky bajó sus labios hasta el cuello de Alex y empezó a succionar. Notó cómo cada vez su excitación iba a más y se apresuró a contonear sus caderas, rozando su sexo alrededor de aquel músculo pasional. Alex consiguió desabrochar su cinturón y su próxima víctima fue el sujetador de Jacky que, todo lo contrario a su cinturón, no se resistió. Tiró de la chica hacia atrás, se deshizo del sujetador y comenzó a mordisquear sus pezones y a masajear sus pechos. Ella gimió mientras seguía moviéndose sobre él, sin importarle que la gente la escuchara gritar: ya pensaría alguna excusa… mucho más tarde. Alex dejó a un lado su presa y se concentró en la minifalda tan sugerente que llevaba Jacky, imaginándose qué habría tras ella. Después de echarle una mirada, alzó la vista hacia la chica, dedicándole una mirada de lo más sensual. Ella entendió al vuelo lo que quiso decirle: se levantó, se alejó un poco y encendió la cadena de música. Sonaba una canción lenta cuando empezó a desabrocharse la falta ante Alex. Con movimientos sugerentes, levantó al chico y lo sentó en una silla. Ella quedó de espaldas a él mientras su falda iba bajando por el mulso. Alex pudo ver su tanga negro, perfecto para la ocasión, pidiéndole a gritos que se lo llevase consigo. Así fue: se abalanzó sobre la chica, pegó su trasero a su sexo y metió su mano por la parte delantera de aquella pieza tan excitante. Ella sintió cómo él introducía su dedo índice lentamente por aquella abertura y a la vez iba haciendo resbalar su tanga. Gritó escandalosamente, pero Alex le tapó la boca antes de que alguien bajara a ver por qué había tanto griterío.
-Shh –le susurró al oído.
Luego, dejó que su lengua recorriera cada línea de aquel cuello antes de volver a dirigirse hacia ella.
-Siento mucho haberte llamado princesita de papel la otra noche, tigresa, no creí que fueras tan… fogosa. No me arrepiento de haberte dado otra oportunidad.
Jacky sacó la punta de la lengua y la pasó por la mano de Alex, en un intento de que él la liberara. Éste sacó su dedo índice aquella abertura, quitó la mano de la boca de Jacky y le arrancó el tanga de un tirón.
-Te aseguro que no te arrepentirás –dijo ella en un susurro mientras se giraba hacia Alex y se acuclillaba ante el botón de su pantalón.
Él sonrió, complacido de que hubiera adivinado su pensamiento. Jacky aprisionó el botón entre sus dientes mientras empujaba su barbilla contra el punto de excitación de él. Este agarró con fuerza el pelo de Jacky mientras gemía de placer. Una vez hubo desabrochado el pantalón, se irguió y le lanzó a Alex una mirada de complicidad. Se agachó de nuevo y sacó del bolsillo de él un preservativo. Lo abrió y se lo tendió al chico, quien negó con la cabeza.
-Hagamos bien las cosas, ¿no?
Ella se mordió el labio y asintió. Le señaló las escaleras y él no tardó en subirlas detrás de Jacky. La tiró a la cama con furia, se quitó los boxers y se puso el condón. Luego, se abalanzó sobre ella, moviéndose hacia arriba y hacia abajo acompasadamente sin penetrarle. A Alex le gustaba mucho jugar con su presa. Jacky no tuvo tiempo de gritar pues él metió su lengua en su boca mucho antes de empezar siquiera. Consiguió liberarse de su boca y miró el reloj. Sonrió complacida, se colocó encima de Alex y se levantó de la cama.
-¿Se puede saber qué coño haces? –gritó Alex, enfadado.
-Lo siento, cielo, la carroza de la princesita Cenicienta cierra a las doce –dijo Jacky aún sonriendo.- Puedes irte.
Abrió la puerta y le lanzó los calzoncillos a la cara.
-Que te diviertas, principito.
Alex salió furioso de su cuarto y Jacky pudo oír cómo seguía relatando escaleras abajo. Luego, un portazo para cerrar la noche con broche de oro. Bajó a recoger su ropa y lo dejó todo tal como estaba antes. Subió y se acostó en su cama, feliz a pesar de no poder dormir. Poco después, sonó el móvil. Era Alex.
-Oye, que siento haberme ido así. Me lo merecía, sí. ¿Me das otra oportunidad? –dijo esperanzado.
-Oh, lo siento, nunca repito dos veces con el mismo. Chaíto –colgó.
Con las mismas, encendió un cigarrillo y lo dejó en el cenicero, consumiéndose igual que la calentura de su querido Alex.
-Quédate aquí –susurró la chica a su acompañante.
Se acercó hasta el salón y vio una figura mirando embobada la película que ponían en la tele.
-Llegas tarde, Jackelyn –canturreó.
-¿Y mamá y papá?
-Salieron.
-Bien –se acercó al mando de la televisión y la apagó.- Los lunnis salieron hace tiempo, Jimmy: a la cama.
El muchacho se levantó y se dirigió a la puerta.
-Si papá se entera de que llegas tarde y de que encima traes un chico…
-Duérmete, enano, mañana te hago los deberes.
Jimmy sonrió satisfecho mientras subía las escaleras hacia su dormitorio.
-Hermanos… -se lamentó Jacky.- Puedes pasar –informó en un tono algo más elevado.
-¿Seguro?
-Sí.
El interpelado cerró la puerta con sumo cuidado para no llamar la atención del enano durmiente y así tener intimidad de una vez por todas.
-¿Quieres beber algo? –preguntó Jacky.
-Tu saliva.
Ella sonrió con picardía.
-Pues ven a buscarla.
Sin necesidad de repetirlo dos veces, el chico se abalanzó sobre ella, aferrándose a su cabello con fuerza mientras pasaba su lengua por el frágil cuello de la muchacha. Ella se estremeció de placer mientras se mordía el labio inferior ya sin pintalabios. Bajó sus manos por el pecho de él, en un desesperado intento por llegar por fin hasta el final de la camiseta y poder arrebatársela. Lo consiguió a la vez que él empezaba a desabrocharse el cinturón sin darse cuenta de que ella aún estaba vestida. Cuando reparó en ello, llevo su boca a los botones medio desabrochados de la camisa de Jacky e introdujo su lengua por el hueco que dejaban, recorriendo así el comienzo de sus pechos aún protegidos. Ella, enloquecida, recordó su propósito y comenzó a llevarlo a cabo: le empujó contra el sofá, cayendo sobre él y notando su excitación sobre su sexo palpitante a la vez que se quitaba la camisa a tirones. Él, con los ojos desorbitados, forcejeaba con su cinturón. Sus respiraciones acompasadas se perdían entre un caos de gemidos. Jacky bajó sus labios hasta el cuello de Alex y empezó a succionar. Notó cómo cada vez su excitación iba a más y se apresuró a contonear sus caderas, rozando su sexo alrededor de aquel músculo pasional. Alex consiguió desabrochar su cinturón y su próxima víctima fue el sujetador de Jacky que, todo lo contrario a su cinturón, no se resistió. Tiró de la chica hacia atrás, se deshizo del sujetador y comenzó a mordisquear sus pezones y a masajear sus pechos. Ella gimió mientras seguía moviéndose sobre él, sin importarle que la gente la escuchara gritar: ya pensaría alguna excusa… mucho más tarde. Alex dejó a un lado su presa y se concentró en la minifalda tan sugerente que llevaba Jacky, imaginándose qué habría tras ella. Después de echarle una mirada, alzó la vista hacia la chica, dedicándole una mirada de lo más sensual. Ella entendió al vuelo lo que quiso decirle: se levantó, se alejó un poco y encendió la cadena de música. Sonaba una canción lenta cuando empezó a desabrocharse la falta ante Alex. Con movimientos sugerentes, levantó al chico y lo sentó en una silla. Ella quedó de espaldas a él mientras su falda iba bajando por el mulso. Alex pudo ver su tanga negro, perfecto para la ocasión, pidiéndole a gritos que se lo llevase consigo. Así fue: se abalanzó sobre la chica, pegó su trasero a su sexo y metió su mano por la parte delantera de aquella pieza tan excitante. Ella sintió cómo él introducía su dedo índice lentamente por aquella abertura y a la vez iba haciendo resbalar su tanga. Gritó escandalosamente, pero Alex le tapó la boca antes de que alguien bajara a ver por qué había tanto griterío.
-Shh –le susurró al oído.
Luego, dejó que su lengua recorriera cada línea de aquel cuello antes de volver a dirigirse hacia ella.
-Siento mucho haberte llamado princesita de papel la otra noche, tigresa, no creí que fueras tan… fogosa. No me arrepiento de haberte dado otra oportunidad.
Jacky sacó la punta de la lengua y la pasó por la mano de Alex, en un intento de que él la liberara. Éste sacó su dedo índice aquella abertura, quitó la mano de la boca de Jacky y le arrancó el tanga de un tirón.
-Te aseguro que no te arrepentirás –dijo ella en un susurro mientras se giraba hacia Alex y se acuclillaba ante el botón de su pantalón.
Él sonrió, complacido de que hubiera adivinado su pensamiento. Jacky aprisionó el botón entre sus dientes mientras empujaba su barbilla contra el punto de excitación de él. Este agarró con fuerza el pelo de Jacky mientras gemía de placer. Una vez hubo desabrochado el pantalón, se irguió y le lanzó a Alex una mirada de complicidad. Se agachó de nuevo y sacó del bolsillo de él un preservativo. Lo abrió y se lo tendió al chico, quien negó con la cabeza.
-Hagamos bien las cosas, ¿no?
Ella se mordió el labio y asintió. Le señaló las escaleras y él no tardó en subirlas detrás de Jacky. La tiró a la cama con furia, se quitó los boxers y se puso el condón. Luego, se abalanzó sobre ella, moviéndose hacia arriba y hacia abajo acompasadamente sin penetrarle. A Alex le gustaba mucho jugar con su presa. Jacky no tuvo tiempo de gritar pues él metió su lengua en su boca mucho antes de empezar siquiera. Consiguió liberarse de su boca y miró el reloj. Sonrió complacida, se colocó encima de Alex y se levantó de la cama.
-¿Se puede saber qué coño haces? –gritó Alex, enfadado.
-Lo siento, cielo, la carroza de la princesita Cenicienta cierra a las doce –dijo Jacky aún sonriendo.- Puedes irte.
Abrió la puerta y le lanzó los calzoncillos a la cara.

-Que te diviertas, principito.
Alex salió furioso de su cuarto y Jacky pudo oír cómo seguía relatando escaleras abajo. Luego, un portazo para cerrar la noche con broche de oro. Bajó a recoger su ropa y lo dejó todo tal como estaba antes. Subió y se acostó en su cama, feliz a pesar de no poder dormir. Poco después, sonó el móvil. Era Alex.
-Oye, que siento haberme ido así. Me lo merecía, sí. ¿Me das otra oportunidad? –dijo esperanzado.
-Oh, lo siento, nunca repito dos veces con el mismo. Chaíto –colgó.
Con las mismas, encendió un cigarrillo y lo dejó en el cenicero, consumiéndose igual que la calentura de su querido Alex.
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