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When you FALL in love. (12)

Dany, emocionado silenciosamente por aquel encuentro, se dispuso a perder de vista a sus amigos e ir dónde se encontraba Kath. Ella, sin saber qué hacer, se quedó quieta, esperando que él viniera a sacarla de aquel infierno que había vivido esa semana. Cuando recordó el motivo por el cuál lo había pasado tan mal, su corazón, que antes había latido por emoción, ahora latía por rabia, odio y humillación. Le volvió la cara, intentando evitar que viera las lágrimas que brotaban con dolor de sus ojos. Él, confundido por tal reacción, avanzó con rapidez hacia ella, que casi rozó el suelo en un momento de debilidad y pérdida de equilibrio. Un cuerpo musculoso y enfundado en una sudadera de algodón blanca la sujetó por los brazos antes de que se hiciera ningún daño. Dany se frenó al ver quién estaba tras Kath.
-¡Joder! ¿Estás bien? –preguntó Chris.
-Sí –contestó ella mientras se limpiaba las lágrimas.
-¿Qué te ha pasado, tía? –se preocupó Carol.
-Nada, nada, debe haber sido una bajada de tensión o algo, nada grave…
-¿Te llevo al hospital, a tu casa…?
-No, Chris, estoy bien.
-De acuerdo…
La estrechó entre sus brazos, reacción que a Dany le golpeó el pecho bruscamente. Discretamente, desapareció de la vista de Kath, perdiéndose entre el gentío como si nada hubiera pasado. Ella, al perderlo de vista, sintió que su gran corazonada, ese presentimiento que tan bien le había hecho sentir, había llegado a su fin.

When you FALL in love. (11)

El móvil no paraba de sonar y Kath estaba de los nervios. No quería colgar porque, a fin de cuentas, era su amiga; pero por otra parte tenía ganas de mandarla a tomar viento fresco de una vez por todas. A la decimoctava llamada, decidió cogerlo.
-No voy a salir, Carol –se adelantó.
-Venga, tía, joder. ¡Créeme! No te arrepentirás –afirmó ella.
-Dime qué tiene este botellón que no tengan los demás.
-Es una sorpresa, no puedo decirte nada.
-Odio las sorpresas –contestó, molesta.
-¿No confías en mí? –se ofendió su amiga.
-No seas chantajista –replicó Kath.
-Pero, pero, pero, pero…
-Dime de qué va la cosa e iré.
-¿Prometido?
-Prometido, pesada.
-Bueno, verás, es que… me han pedido por favor que te lleve aunque sea a rastras.
-¿Quién?
-Alguien.
-Carol –la apuró.
-Joder, tía, no puedo decirte más. Sólo te diré que es alguien a quien hace mucho que no ves y que te echa de menos.
-¿Chico o chica?
-Buenorro –rió Carol.
Kath sintió una opresión en el pecho; otro de sus famosos presentimientos. Esta vez, sin embargo, esa sensación era relativamente buena. Fiándose, como de costumbre, de sus infalibles corazonadas, dejó a un lado su mundo fantasioso y volvió a la realidad.
-¿A qué hora quedamos?

Montada en la parte trasera de la moto de su amigo Mark, Kath sentía que aquel presentimiento que la había perseguido desde que habló con Carol se iba haciendo mejor, más intenso. La moto corría a tal velocidad que las calles que se extendían a su alrededor parecían simples paisajes borrosos. Le vino a la mente una noche no muy lejana, a penas dos semanas atrás: montada en la parte trasera de una Suzuki negra con fuegos salvajes pintados en los laterales, Dany la llevaba a lo que parecía ser una noche desastrosa; noche que terminó por ser la más recordada por Kath en los días posteriores. Al evocar el recuerdo de su breaker particular por tan solo una noche, sintió que sus dos ojos color cielo se ahogaban en un mar de lágrimas silenciosas que amenazaban con salir a flote, buscando en vano el calor con el que solo él podía hacerlas desaparecer.
De repente, el aire que azotaba sus facciones se detuvo.
-¿Te pasa algo, Kath? –inquirió Mark al verla sollozando.
-¿Qué?
-Estás llorando.
-¿Yo? Que va, que va, es del viento este que me hizo daño –mintió.
-¿Seguro?
-Sí, tonto, no te preocupes.
-Bueno, ¿eh? Que no me entere yo de que le hacen algo a mi enana porque vamos… -la abrazó.
-¿Sabes que te quiero, feo?
-Pero yo más, enana.
-No empecemos, ¿eh? Que siempre gano yo –rió.
Mark la abrazó en un intento por hacer que aquellas lágrimas que tanto daño le hacían a su mejor amiga desparecieran. Ella se dejó abrazar, sabedora de que Mark lo hacía con la mejor intención del mundo. Una mirada cargada de celos se detuvo al lado de dónde estaban ellos. Cuando Kath se dio cuenta, se apartó de él rápidamente. Hubo un silencio incómodo que pareció durar una eternidad.
-Hey, Kath –dijo Carol, rompiendo el hielo- ¿por qué no vamos a dar una vuelta?
-Me parece bien –respondió, guiñándole el ojo.
Se alejaron de aquel escenario. De fondo, tenían los gritos de Hilary, la novia histérica de Mark, y a este último intentando tranquilizarla.
-Siempre igual, joder… -susurró Kath.
-No te rayes, tía –la tranquilizó Carol- ya sabes cómo es Hil.
-Sí, tía, pero sólo se cabrea conmigo; ni que le tirará los tejos a Mark, la hostia.
-Venga, pasa del tema. Esta noche no están permitidas las rayadas –rió.
-Ostras, cierto, ¡mi sorpresa! Quiero saberla ya –le urgió Kath.
-Tranquila, tranquila. Quédate aquí –señaló un pequeño bloque de hormigón que parecía medio estable.
-¿Y tú dónde vas?
-A por tu sorpresa. No tardo.

Sin darle tiempo a reaccionar, salió a correr en dirección al gentío, perdiéndose entre gritos y olor a alcohol. Kath, por su parte, empezó a dar vueltas alrededor de un círculo intentando para matar el tiempo. De pronto, esa corazonada que la llevaba persiguiendo toda la tarde se hizo más fuerte, mucho más que antes. Empezó a mirar en todas direcciones, buscando el motivo por el cual su corazón se aceleraba tantísimo. Aunque, en el fondo, lo sabía muy bien. En una de sus cortas búsquedas, se topó con unos ojos color miel mirándola fijamente desde una distancia no muy lejana. Sus latidos aceleraron la velocidad en menos de una milésima, sus mejillas se colorearon y las lágrimas antes contenidas salieron a flote, esperando ser rescatadas por aquella cálida mirada.

When you FALL in love. (10)

Tras una agónica semana, Dany consiguió olvidar puntualmente a Kath: intentaba no pasar mucho tiempo a solas, simplemente el justo y necesario para ducharse y dormir. El resto, lo pasaba en la calle bebiendo y fumando hasta olvidarse de quién era y de por qué se maltrataba de aquella forma.
La mente de Kath sin embargo trabajaba de un modo algo diferente: cuanto más tiempo pasaba, más nítido recordaba aquel maldito beso que tantas lágrimas le había costado. Decidió, pues, poner punto y final al tema “Dany” y seguir su vida con normalidad, tal como hacía apenas unas semanas; faltaba poco para que empezara el instituto y no iba a desperdiciar lo poco que quedaba de verano.

-¡Ese Dany ahí! –gritó Jake.
-Podrías cambiar de repertorio, ¿no? –bromeó él, dándole un codazo amistoso.
-¿Vienes esta noche al vivero? –inquirió otro chaval que estaba de paso.
-¿Eh? Ah, sí, supongo que iré.
-Allí te veo –le hizo un gesto de despedida con la mano y siguió su ruta por aquella congregación de gente.
-¿Qué hay en el vivero?
-Estarás de coña, Dan…
-¿Me ves cara de que esté bromeando?
-No…
-Venga, Jake, tío, no tengo toda la mañana para que me digas que mierdas hay allí.
El interpelado soltó una sonora carcajada que encendió los malos humos de Dany, que ya estaban tentados a estallar desde que salió de su casa.
-Vale, vale, tranquilízate. ¿Te acuerdas que el miércoles nos encontramos con Chris y empezasteis una discusión a grito pelao?
-No. No me acuerdo si quiera de qué he desayunado.
-Increíble… -fingió sorprenderse.
-Al grano, coño.
-Bueno, pues dijiste no sé qué de un enfrentamiento. Creo que hablaste del que tuviste con Brett en la plaza, ¿te acuerdas? Que te trajiste a la piba esa.
Dany sintió cómo se le aceleraba el corazón al recordar aquella noche, aunque intentó disimularlo delante del cotilla de su amigo.
-El caso –continuó Jake- que le dijiste que cuándo quisiera y dónde quisiera, y cito textualmente, le concederías el honor de perder ante ti. Total, hoy a las once hay un botellón por la fiesta del barrio que hay al lado del vivero y eso se va a llenar de peña. Quedasteis en competir hoy.
-Mmm… -Dany intentó asimilar aquellas palabras antes de estallar-. ¿Y se puede saber por qué cojones no me has avisado antes? –gritó.
-Porque creí que lo sabías –contestó en todo calmado-. Deberías irte a ensayar si quieres.
-Eso haré.
Se dio la vuelta y emprendió a paso ligero una corta marcha. Detuvo su andar y se giró hacia su amigo.
-Jake… ¿quién es Chris?
Este se echó a reír de nuevo, colocando las manos sobre el vientre para intentar calmar el dolor.
-Tío, ¡Chris! El pretendiente de tu ‘novia’ –se burló él-. Menos mal que no sabe nada del tema, si no hubieras quedado fatal ante Brett.
-Me cago en mi puta madre… -susurró. Acto seguido, echó a correr en dirección a ningún lugar.

When you FALL in love. (9)

Los días siguientes transcurrieron con la normalidad habitual, como si nada hubiera pasado.
Kath estuvo día y medio castigada; su madre era una blanda a pesar de que ella se negaba a salir. Cada atardecer, a partir de las ocho, se sentaba en el sillón frente a su ventana, viendo aquella puesta de sol que había disfrutado en silencio mientras corría en la moto con Dany. Tenía el móvil cargando durante todo el día con una falsa esperanza y su mp3 se resistía a rayarse a pesar de estar escuchando durante más de cinco horas seguidas la misma canción.
Dany por su parte seguía yendo a aquel portal, el número doce, cada noche; pero su presencia se desvanecía poco a poco: ya no podía oler su aroma con tanta claridad como algunos días atrás; ya no recordaba con nitidez el tono de su voz y los momentos juntos pasaban por su mente como imágenes borrosas. Necesitaba verla, y lo necesitaba ya por mucho que él quisiera negarlo.
Hubo una ocasión, en uno de los muchos botellones a los que asistía, en la que se dejó seducir por Alex para intentar olvidarse de su presencia por un momento. El remedio fue peor que la enfermedad: cada beso, cada caricia, cada palabra le parecía basta en comparación con Kath. Definitivamente estaba loco. Pero, ¿loco por qué? ¿O por quién? Necesitaba respuestas y sólo una persona podía dárselas.

La calle de Cotham Vale, una calle de personas de clase media alta, se convirtió en el sitio de reunión de las pandillas nocturnas y los alcohólicos adolescentes. Con la esperanza de que la curiosidad de Kath los volviera a reunir, Dany no faltaba ni una sola noche a aquellos botellones que había en frente de su portal. Cada madrugada, se quedaba parado ante él, preguntándose por qué Kath no salía a su encuentro. Al ver que sus intentos de verla eran en vano, se dio por vencido y la fiesta se trasladó de nuevo a la plaza de siempre. La última noche que pasaron allí, le pareció verla paseando entre los árboles que había en el parque que estaba pegado a aquella ruidosa plaza. Borracho como una cuba y con un porro en la mano, corrió a su encuentro seguido de Alex, que no le dejaba ni respirar sin que ella lo hiciera a la vez. Se paró desilusionado al ver que, obviamente, en ese parque no había nadie. Cabreado, agobiado por su perseguidora, pero sobre todo, melancólico por algo que apenas había disfrutado unas horas, tiró el porro contra la corteza del árbol más cercano. Alex se quedó a una distancia prudente, temerosa de que ese Dany violento que apenas salía a escena le hiciera algo. Él, tan tocado que no sabía ni lo que hacía, fingió arrepentirse de comportarse de tal manera ante ella, mintiéndose así de que las lágrimas que inundaban sus ojos y corrían por sus mejillas eran pura ficción, cuando en su más profundo ser, ese que sólo una persona había logrado tocar, sabía que no eran más que lágrimas de dolor. Buscando una salida fácil, buscó refugio en los brazos de Alex, quien lo estrechó entre sus brazos y le besó con fiereza aprovechándose de la situación. Dany se dejó llevar, completamente borracho y triste, muy triste.
Lo que no sabía, es que en la ventana cuatro del piso número seis que daba al parque, portal doce, había un par de ojos azules encharcados en lágrimas observando la escena.

When you FALL in love. (8)

Estuvieron más de media hora sobre la moto: unos quince minutos escapando y otros tantos abrazados. Kath estaba muy nerviosa después de aquella incómoda situación con Brett y lo único que quería era refugiarse en sus brazos, en aquellos que le daban tanta seguridad y tranquilidad, aquellos que siempre había rechazado y ahora la hacían sentirse tan bien. Ninguno hablaba apenas: simplemente se sentían cerca, piel con piel, respiraciones y latidos acompasados. De vez en cuando, Dany frotaba su mano con el brazo de Kath para hacerla entrar en calor.
-Venga, Kath, no te pongas mal –le repetía Dany continuamente-. Ese gilipollas no te ha hecho ni te va a hacer nada.
Ella se limitaba a asentir en silencio, dejándose abrazar y acariciar por el suave tacto de Dany. Cuando quiso darse cuenta de la hora que era, fue demasiado tarde: la bronca la tenía asegurada.
Se levantó deprisa, dejando a Dany sentado en el suelo con una mueca de fastidio.
-Si vas a llegar tarde de todas maneras, joder, ¿qué importará que nos quedemos un ratito más?
-El castigo será menor o mayor dependiendo de la hora, y paso de quedarme encerrada el resto del verano en mi casa –mintió ella.
-¿Acaso sales a menudo?
-Sí
-Nunca te veo.
-No frecuentamos los mismos sitios ni tenemos las mismas amistades –le recordó ella.
-Eso podría cambiar –respondió él en tono sugerente.
-Hasta ahora nos ha ido bien así, ¿no?
-Hasta ahora.
Sin ganas de seguir discutiendo, montó en la moto dando a entender que la conversación se había acabado. Kath se montó en la moto tras de él, decepcionada por aquel final tan poco provechoso. No hablaron durante el viaje de vuelta y tampoco parecía que fueran a hablar cuando llegaran. Sin embargo, Dany se dignó a desearle buenas noches y se fue, sin darle tiempo siquiera de responder. Ella se quedó ahí, de pie, esperando un retorno que nunca llegaría. Cuando hubieron pasado unos diez minutos, decidió subir a su casa y afrontar lo que se le venía encima.

De repente, la noche que antes le había parecido mágica se volvió sombría; la suave brisa, un viento helado; su alegre sonrisa, una triste mueca sin sentido alguno.
¿Qué había cambiado desde que dobló aquella maldita esquina? ¿Por qué ahora se sentía tan solo y deprimido? ‘Sólo han pasado diez minutos, joder. Estoy harto de hacer cosas así, siempre me pongo igual’, se mintió. Entre pregunta y pregunta se acercaba un poco más a su destino, y eso no le agradaba.
Cuando llegó, sopesó la idea de darse la vuelta pero ya le habían visto.
-¡Dany, campeón! –se oyó a lo lejos.
Se bajo de la moto con tranquilidad y se acercó a dos chicos.
-Dame uno, Jake –le dijo al más bajo señalándole el cigarro que tenía entre los dedos.
-¿Cómo ha ido? ¿Besa bien? ¿Te la has tirado? ¿Te ha dado plantón? –miles de preguntas fueron enviadas a su cerebro, y a ninguna le apetecía contestar.
-No pienso hablar de ello, cotilla–le cortó-. Lo que sí os puedo contar –continuó hablando para los dos- es que el plan salió a pedir de boca y, por lo que se ve, Brettito se piensa que Kath sale conmigo. Si él está jodido, yo estoy bien. Punto pelota.
-Sigo sin entender por qué lo has hecho… -le dijo el otro tipo, el tal Beto.
-Con que lo entienda yo basta y sobra. Me voy a casa, estoy cansado.
-¿Tú? ¿Cansado? ¿No será más bien que has quedado con ella, eh, pillín? –Jake le dio un codazo amistoso en el costado.
-No.
-Eh, bueno, tranquilo. Mañana nos vemos –se despidieron de él y Dany volvió a montar en la moto.
Recorrió media ciudad cabalgando en ella. Notaba como el viento helado le hacía daño en sus facciones y se sentía, en cierto modo, bien por ello.
-Me lo tengo merecido –se dijo.
Antes de volver a su casa, se paró como veinte minutos frente a un portal, el número doce de la calle Cotham Vale. Se sentó sobre los dos escalones que permitían el paso al interior pero por desgracia para él la puerta estaba cerrada y no tenía ganas de pasar la noche en comisaría. Se apoyó sobre la pared y sintió su perfume. Olía a lavanda, un olor suave igual que sus rasgos, sus ojos, su voz, todo. Todo en ella era especialmente frágil o, al menos, eso le parecía a él. Se quedó allí un rato más, recordando cada detalle de aquella tarde, desde las ocho en punto hasta las dos y cuarto, ni más ni menos. Creyó estar de nuevo allí, en ese portal con ella, piropeándola y poniéndola nerviosa; creyó estar en la plaza, sentados en aquella estatua que no le concedió el honor de probar sus labios; creyó estar bailando otra vez para ella, luchando porque sus ojos siguieran sus pasos y no los de Brett; pero sobre todo creyó estar de nuevo en sus brazos, siguiendo con sus bastos labios las finas líneas de su cuello, dibujando con sus dedos su delgada espalda y sintiendo sus corazones latiendo al compás.

When you FALL in love. (7)

Dany irrumpió en el círculo colérico en busca de Brett. Cuando se vieron, se echaron uno encima del otro a grito pelado. Les separaron antes de llegar a golpearse, pero los insultos a voces seguían. Se armó un gran revuelo; Kath no sabía dónde meterse. Las luces de los pisos de alrededor comenzaron a encenderse: vecinos furiosos amenazaban con llamar a la policía, viejas marujas tiraban cubos de agua en ninguna dirección y algún que otro graciosillo apostaba por quién ganaría la pelea, como si de un ring de boxeo se tratase.
Llevaron a Brett y a Dany a metros de distancia entre sí para evitar más enfrentamientos, a pesar de que el público enloquecía por verlos pelear. En medio del gentío estaba Kath, confundida, sin saber qué hacer ni a dónde ir. Por una parte, quería largarse de allí, montar en la moto de Dany y olvidarse de aquella noche; pero por otra, ansiaba quedarse y que por fin Dany… bueno, no sabía muy bien qué esperaba: sólo sabía que debía quedarse.
A lo lejos sonaba una música repetitiva que amenazaba con acercarse; era la policía.
Aquello se convirtió en una guerra: la gente corría de un lado para otro, buscando refugio en soportales cercanos o montándose en motos, coches y demás automóviles para salir corriendo de allí. Kath, totalmente desentrenada en este tipo de situaciones, se quedó inmóvil, viendo cómo la gente huía sin reparar siquiera en ella. Perdida en sus pensamientos, no se percató de que, no muy lejos de ella, había alguien observándola con interés, esperando el momento oportuno para atacar. Cuando hubo el revuelo suficiente como para que nadie se fijase en su desaparición, Brett corrió en dirección a Kath. Cuando ella le vio, ya era tarde: con una mano sujetaba sus muñecas, la miraba de una manera enfermiza y posesiva y no parecía tener intención de dejarla en libertad.
-¿Qué quieres, Brett? –inquirió ella con miedo.
-No te asustes, pequeña Catherine –dijo él, sonriendo-. Ya es hora de que hablemos, ¿no?
-Yo no tengo nada que hablar contigo.
-Pues yo sí quiero decirte algo, así que nos vamos.
-No voy a ir contigo a ninguna parte…
-Por las buenas o por las malas: tú decides.
-Por las peores –le contestó Kath, escupiéndole a los ojos.
Intentó liberar las muñecas, pero la mano fuerte de Brett las aprisionaba cortándoles la circulación.
-Maldita zorra –le dio una bofetada, haciéndole sangrar el labio.- ¿Te crees que ese gilipollas vale más que yo? ¿EN SERIO LO CREES, CATHERINE?
-Déjame en paz, joder. No sé de qué cojones me hablas.
-Ah, ¿no, Kath? ¿NO?
Algo golpeó a Brett e hizo que perdiera el equilibrio. La prisión que encarcelaba las muñecas de Kath se disipó, y en su lugar apareció un suave tacto que las acarició con cariño.
-Lo siento, Kath, lo siento –le dijo Dany, arrepentido.
A ella se le llenaron los ojos de lágrimas y no supo qué responder. Una vez más, Dany rompió el hielo.
-Será mejor que nos vayamos, esto se va a llenar de polis en nada y además –dijo señalando a Brett- no quiero dejarle peor. Vamos.
Empezaron a correr hacia la moto mientras oían a Brett gritarles algo que no entendían. A Kath le daba todo igual: ya estaba con Dany; se sentía segura.

When you FALL in love. (6)

La música empezó a sonar unos minutos después, acompañada por los latidos sonoros y rítmicos del corazón de Kath al ver a Dany en tal situación. La gente aplaudía eufórica tras cada paso que hacían los dos participantes. Kath, que era una apasionada del break, también lo habría hecho de no haber sido porque uno de los que competían era Dany. ‘Pero qué coño me importa a mi Dany, joder’, se repetía, ‘sea lo que sea que le pase, seguro que se lo tiene merecido por arrogante’.
En cada paso que hacían, se iban acercando un poco más, tanto que hubo una ocasión en la que el juez, o lo que fuera aquel tipo, les ordenó que se separan unos metros. Aquella competición parecía interminable; Kath no hacía más que mirar el reloj: las nueve, las diez, las diez y media. Cuando los dos participantes estaban exhaustos, decidieron hacer una pausa para que pudiera bailar unos cuantos más y ellos pudieran descansar. El primer impulso de Brett al ver a Dany distraído fue lanzarse contra él, pero sus amigos, o algo por el estilo, se lo impidieron para no armar más jaleo del que ya había. Se perdió de nuevo en el gentío, tal como había llegado.
Dany, por su parte, estuvo enseguida rodeado de sus múltiples colegas, los mismos de antes, que le atosigaban con botellas de agua, sudaderas para que se secara el sudor y demás muestras de peloteo. El tal Beto y otro chico un poco más alto los dispersaron para quedarse hablando a solas con él. ‘Esos deben ser los amigos de verdad’, pensó Kath, aún con el corazón latiéndole a mil por hora. Aquella había sido una auténtica competición: dos maestros del break cara a cara. Lástima que con uno no se hablara y que con el otro prefiriera no hablarse. O al menos, así había sido hasta entonces. Perdida en sus pensamientos, no reparó en la figura que avanzaba segura hacia ella. Cuando quiso actuar, ya era demasiado tarde: él se había aferrado a su cintura y había acomodado su barbilla junto a su cuello. Kath no pudo evitar estremecerse cuando notó el aliento de Dany en su cuello.
-¿Estás bien? –preguntó ella intentando liberarse de aquella situación.
-Sí, solo un poco cansado.
Kath se lamentó por haber abierto su bocazas: Dany no la había liberado, sino que había pegado por completo sus labios al cuello de ella y le había respondido tal cual.
Kath suspiró y volvió a estremecerse con aquella sensación. Sintió cómo él dibujaba una sonrisa en su rostro.
-¿No quieres agua ni nada de lo que te han ofrecido tus amigos?
-No, quiero descansar. Vamos al sitio de antes, ¿va?
-Bueno, yo pensé que querrías descansar a solas y…
Sin darle tiempo de acabar, Dany agarró la mano de Kath y tiró suavemente de ella hasta llevarla hasta la estatua de antes. Una vez allí, se sentó para recobrar el aliento y, en un descuido de ella, la sentó en sus piernas. Ella enrojeció levemente, bajando la mirada. Dany intentó romper el hielo a pesar de que le encantaba aquella situación.
-¿Te lo estás pasando bien?
-Sí, bailas genial.
-No te dije lo de los trofeos simplemente por presumir.
-Ya veo.
Kath notó la respiración pesada de Dany e intentó quitarse de encima para dejarle respirar mejor.
-Eh, ¿qué haces? –la agarró y la sentó de nuevo.
-Pensé que quizás respirarías mejor sin mí encima.
-Déjame que yo decida cómo quiero respirar.
-Vale…
-No te pongas nerviosa, no muerdo…aún –dijo sonriendo.
-Tranquilo, no me dejo morder –respondió ella.
-Todo es cuestión de insistencia –rió él.
-Todo es cuestión de aguante.
Se sonrieron, por primera vez, con sinceridad. Él le agarró la mano y se la apretó; ella se dejo mimar. Él apoyó la cabeza en su hombro; ella le acarició el pelo. La infernal música que sonaba de fondo ahora parecía una bonita melodía; los gritos, murmullos hermosos.
En el centro del círculo, interrumpiendo el baile de otros dos participantes, apareció Brett, quien le arrebató el micro al comentarista.
-Eh, tú, Dany, ¿te atreves a arreglar esto como debe ser o vas a seguir escudándote detrás de ELLA? –gritó, furioso.
El interpelado se limitó a levantar la cabeza y mirarlo a los ojos. Agarró a Kath por la cintura, la alzó y se puso en pie.
-Dany, no le hagas caso. Sólo intenta provocar.
-Lo consigue –respondió.- Déjame divertirme, ¿no? Ese tío no tiene ni dos hostias: le doy una y media y vuelvo.
-¿Y si acabas tú mal?
Él sonrió.
-¿Preocupada?
-Idiota.
-No tardo, Catherine –se burló.- Será mejor que no te acerques mucho si todavía le tienes algo de cariño a ese imbécil.
Dany comenzó a avanzar a paso ligero, cegado por la rabia. Tras él iba Kath, que lo agarró del brazo y le hizo parar.
-Kath, déjame. Te aseguro que no quiero hacerte daño.
Dany se giró despacio hacia ella mientras el círculo de gente miraba la escena con detenimiento.
-Kath –repitió- de verdad, ahora no.
Se deshizo de su agarre y se apresuró hacia la pista, antes de que ella le pudiera convencer de lo contrario.

When you FALL in love. (5)

-Eh, Dany, tío, no te alteres, recuerda que tenemos público –dijo una voz delante de él.
-Cállate –se limitó a responder él. Luego, se giró hacia Kath- ¿Estás bien?
-Sí, sí, pero ¿qué pasa?
-¿Qué? Oh, nada. Tenías razón: será mejor que vuelvas a tu casa. Beto –giró su cabeza de nuevo hacia delante, dirigiéndose a aquella voz que antes le había intentado tranquilizar- llévala.
-¿Que qué? No. Que se vaya sola, colega, yo me quedo contigo.
Kath sintió cómo Dany empezaba a temblar de rabia. Se pasó varias veces la mano por la frente en un intento de aclarar sus ideas y tranquilizarse.
-Beto, no seas cabe…
-Si piensas que me has traído hasta aquí para luego largarme a mi casita –interrumpió Kath- te equivocas, majo.
-Eh, piba, baja esos humos, ¿eh? –le dijo el tal Beto.
-Bájalos tú –dijo Dany, enfadado por su contestación.- Yo me encargo de ella. Lárgate.
Sin replicar, se dio la vuelta y se perdió entre el gentío. Dany se volvió hacia Kath, nervioso.
-¿Por qué te has puesto así?
-¿No le has visto? –Dany señaló con disimulo hacia la figura que había aparecido hace poco en la pista.
Kath se giró descaradamente para ver qué podía alterar tanto a Dany, quién siempre solía tener nervios de acero. Era Brett.
-¡¿Brett?! Escóndeme, por Dios –suplicó ella.
En ese momento, Brett fijó su vista en ella, estudiándola de arriba abajo, guardando cada detalle en su corta memoria. Sonrió. Kath empezó a temblar levemente, no sabía si por frío o por miedo.
-Eh, eh, tranquila: no se va a acercar. Hay demasiada gente, ¿ves? –dijo señalando al círculo de gente.
Luego, la abrazó, retando a Brett en toda regla. Este apretó los puños, pero se contuvo al ver que ella se deshacía de su agarre.
-¿Qué pasa?
-Nada. ¿Cuándo bailas?
-Cuando el señorito quiera –gritó Dany en dirección a Brett.
Este, como contestación, se quitó la sudadera, dejando ver unos músculos bien definidos y una sonrisa de suficiencia. Dany le imitó, demostrándole una seguridad en sí mismo que Brett odiaba.
-Dany –dijo Kath-, limítate a bailar.
-¿Tienes miedo, Catherine? –preguntó Dany, satisfecho.
-No –respondió, secamente-. Simplemente quiero que cumplas tu parte del trato y me lleves a mi casa de vuelta.
-Yo cumplí: te di lo que habías perdido. En ninguna parte consta que tenga que acompañarte hasta tu portal.
Kath se quedó helada: en la voz de Dany no había señales de que estuviera bromeando. ¿Cómo volvería ella sola, si ni si quiera sabía dónde estaba? ¿Y si le pasaba algo?
-¿Estás bien? –inquirió Dany, interrumpiendo sus pensamientos.
-Sí, estoy bien. Te veré en septiembre.
-Eh, eh, ¿estás tonta? Estaba de cachondeo. Tú quédate aquí; machaco a este imbécil y vengo a buscarte.
Se apresuró a buscar de nuevo su boca, pero en esta ocasión, la interrupción vino de la mano de uno de los múltiples colegas de Dany.
-Ey, tío, venga sal ya y dale por boca a ese creído –le animó el tipo, entusiasmado.
Dany, molesto, asintió en silencio, mientras ponía su sudadera en manos de Kath y se alejaba lentamente, seguido de sus innumerables ganas de probar el sabor de sus labios. Kath, confundida, avanzó un poco entre el gentío, con el fin de asegurarse un buen puesto para ver bailar a su acompañante.

When you FALL in love. (4)

Llegaron en un abrir y cerrar de ojos. A pesar de que Kath nunca había ido a aquella plaza, la reconoció por la multitud de gente que había: tanta o más que el día anterior en frente de su casa. Aparcó un poco más lejos de la plaza, donde había un grupo de chicos, de unos dieciocho años, fumando hierba.
-Quédate aquí –se limitó a decir después de que hubieran bajado de la moto.
-¿Dónde vas?
-No creo que quieras saberlo. Tranquila, no tardaré –le guiñó el ojo y le acarició suavemente la mejilla. Después, se acercó al grupo de los porros.
Prefirió no mirar mucho a la gente de por allí, por lo que se limitó a bajar la cabeza y colocarse las pulseras que llevaba en la mano derecha. De pronto, se dio cuenta de que le faltaba una.
-Bueno –se dijo- al menos he venido aquí por algo real.
Dany tardó unos diez minutos más en volver con ella: para su sorpresa, no estaba colocado ni bebido. Le miró extrañada.
-Te recuerdo que tengo que bailar; no me voy a poner a hacer un mortal con un morado encima, ¿no?
-No, supongo que no –dijo ella, ruborizándose.
Él sonrió.
-Ven, vamos a la plaza que va a empezar el concurso en breves –le tendió la mano.
Ella, sin saber muy por qué, aceptó, aferrándose con fuerza. Quizás para no perderse entre el gentío, quizás para sentirse segura, quizás, simplemente, porque le apetecía.
Nada más entrar en la gran masa de gente, empezaron a caminar con dificultad entre empujones, gritos, cristales rotos por el suelo, porros recién encendidos, otros ya consumidos. Hubo como veinte personas o más que intentaron frenar a Dany; algunos para saludar, otros para hacerse notar entre el gentío y un par de chicas ofreciéndole su amistad. Él hizo caso omiso a sus seguidores; pasó su brazo izquierdo por la cintura de Kath, le agarró la mano derecha con la suya libre y siguió avanzando como si nada, acostumbrado ya a ese tipo de acontecimientos, con los ojos puestos en la chica que llevaba a su lado.
Cuando se liberaron del agobio que suponía tener a cientos de personas alrededor, Dany se sentó sobre el saliente de una estatua que había en medio de la plaza, atrayendo a Kath hacia sí. Unos metros más allá, estaba la pista de baile donde en unos instantes estaría bailando él.
-¿Siempre eres así con todo el mundo?
-¿Así cómo?
-Así de estúpido.
-¿Con quién?
-Con tus amigos.
-Esos no son mis amigos, son una panda de gilipollas que se creen alguien por darme una palmadita en el hombro –dijo secamente- o simplemente por invitarme a pasar la noche en su cama.
Kath notó que Dany la miraba, esperando una reacción de celos que ella intentaba controlar. Al final, él sonrió.
-Además, ellos hoy me importan poco: no todos los días encuentro algo con lo que chantajearte para que salgas conmigo –sonrió.
-Hablando de chantajes –Kath se miró la muñeca, intentando cambiar de tema- mi pulsera, por favor.
-¿Y cómo puedo saber que cuando te la dé no te vas a ir?
-No puedes saberlo, simplemente confías en mí o confías en mí –se burló ella.
Dany le dedicó la mejor de sus sonrisas mientras rebuscaba en el bolsillo de su chaqueta. Sacó la pulsera y se la puso con cuidado en la muñeca. Kath se sentía extrañamente a gusto con él.
-Bueno, ¿te vas a ir?
-¿Tú qué crees?
-Que sí.
-¿Y por qué me la das, entonces?
-Porque me gustan las acciones arriesgadas; ahora mismo tengo en mente más de quince movimientos para impedir tu huida.
Ella se quedó en silencio, pensativa, mientras Dany la miraba con un brillo de fascinación en sus ojos.
-¿Quieres que probemos alguna, señorita Holmes?
-Ehm, no, gracias, siempre puedo escaparme mientras bailas.
-En ese caso, prefiero no bailar: total, ya no me caben más trofeos en la estantería.
-¿Y entonces para qué hemos venido?
-Ya te lo he dicho: no todos los días encuentro una excusa con la que salir contigo.
Una voz amplificada ocho tonos mínimo les sacó de su amena conversación:
Chicos, chicas, ¡atención! En unos cuantos minutillos va a dar comienzo el concurso número… bueno, no me acuerdo cuántos llevamos ya. El caso, que os vayáis asegurando un sitio en primera fila porque este torneo va a estar ¡muy caldeado!
No muy lejos de dónde estaba hablando aquel tipo, apareció una figura que sobresaltó a Dany. Se levantó de un salto y se precipitó sobre el gentío, seguido, por supuesto, de Kath, a quién llevaba agarrada de la mano. La chica, confundida, se dejó guiar entre aquel caos de pieles. Algo frenó a Dany e hizo que Kath chocara contra su espalda.

When you FALL in love. (3)

Decidió que ese acontecimiento era mejor no contarlo, al menos por su parte; seguro que Dany ya les había contado a todos sus amigos su gran logro, su nuevo juguete para aquella competición.
-Arg, le odio, Dios.
Se tiró más de una hora delante del espejo para que, al menos, no pudiera quejarse del look que llevara. Optó por unos pitillos oscuros enfundados en un par de DC blancas con destellos plateados. Por arriba, una camiseta ancha cruzada por el cuello con terminaciones elásticas que se ceñían a su delgada cintura. Una coleta despeinada y unos aros ni muy grandes, ni muy chicos, en color plata hacían que su maquillaje, basado en una raya negra fina abajo, un poco más gruesa arriba y una pizca de sombra de ojos azul, resaltara por encima de todas las cosas, dejando ver unos ojos azules de un bellísimo color cielo.

A las ocho menos veinte, estaba preparada. Se sentó en su cama esperando a que se le hiciera tarde, con la esperanza de que Dany se olvidara de ella. Su fe tardó poco en venirse abajo:
Dany E. Hoy a las 19:43.
Cuando quieras puedes bajar, aquí estoy, tal como te dije, esperándote.
-Genial –se lamentó Kath.
Sacó el brazo por ventana y decidió que no le haría falta llevarse una chaqueta. Salió de su casa, bajó por las escaleras los cinco pisos que la separaban del portal y allí se lo encontró, apoyado sobre una moto negra con dibujos de lo que parecía ser la silueta de un fuego en plateado.
-No si al final hasta vamos conjuntados –murmuró.
Abrió la puerta del portal y se paró frente a él. Dany la estudiaba descaradamente con la mirada, de arriba abajo y vuelta a empezar, como dos o tres veces. Kath, con un poco más de disimulo, reparó en sus pantalones caídos, sus zapatillas anchas negras, su camiseta roja y negra y su cazadora vaquera oscura. No pudo evitar sonreír.
-Sinceramente, estás espectacular, preciosa.
-¿Cuándo me va a costar este cumplido? –le cortó, tajante.
-Tanto como tú quieras darme.
Se abalanzó sobre ella, directa a sus labios, pero los reflejos de la chica permitieron volver la cara y que la boca de Dany solo pudiera apreciar su mejilla.
Él rió, sin despegar los labios de ella. A ella, le entró un escalofrío, mitad miedo, mitad placer.
-¿Nos vamos ya? –dijo Kath, con la voz quebrada en ciertos acentos.
Quitó las manos de la cintura de ella, sin alejarse demasiado de su cara.
-Cuando quieras.
Asintió, nerviosa. Avanzó un par de pasos por el lateral izquierdo de Dany, dejando atrás su fogosa mirada y sus gruesos labios pidiendo ser mojados.
-¿Sobre qué hora estaré en mi casa?
-Psé, no sé. Ni si quiera sé a qué hora llegaremos a la plaza, mucho menos cuando te dejaré marchar –curvó sus labios en una sugerente sonrisa.
-Vale, si llego a las tantas de la madrugada, serás tú el que le dé las explicaciones a mi madre.
-Sin problemas. De paso, puedo aprovechar para presentarme formalmente ante ella.
-…no he dicho nada.
Dany soltó una estrepitosa carcajada y se acercó a la moto. Le tiró un casco a Kath.
-Oh, vaya, no sabía que los guays se rebajaran a llevar cascos en la moto.
-Soy guay pero no gilipollas. Sube, anda –se montó y arrancó sin esperar a que ella estuviera montada.
-Ya decía yo que tanta amabilidad no podía ser.
-Eh, espera. ¿No quieres llegar pronto a tu casa? Pues cuanto antes lleguemos, antes baile y antes gane, antes te traeré de vuelta.
-Si ya sabes que vas a ganar, ¿para qué te molestas en competir?
-Porque si no lo hago, me aburro.
Dicho esto, metió la primera y empezaron a correr cuesta abajo.

When you FALL in love. (2)

A la mañana siguiente, Kath se despertó cuando apenas empezaba a salir el sol. Para su sorpresa, no se sentía apenas cansada. Intentó conciliar el sueño de nuevo, solo porque la idea de levantarse mientras los demás dormían no le agradaba mucho.
Recordó entonces que su móvil llevaba dos o tres días sin batería, por lo que se levantó a buscar el cargador, procurando no hacer ruido, y lo enchufó. Al encenderlo, le saltaron quince mensajes: once de sus amigos y cuatro del buzón de voz. El último, era del día anterior a las doce y trece minutos. El número no lo conocía, por lo que llamó al buzón de voz para ver si había dejado mensaje. Efectivamente:
Ey, Sherlock, creo que has perdido algo. ¿Vas a llamar a Watson o prefieres atrapar directamente al ladrón?
-Gilipollas –susurró cabreada.
Decidió no darle el gusto de devolverle la llamada, así que se tumbó de nuevo en la cama y cerró los ojos con fuerza, obligándose a dormirse o a despertarse de aquella pesadilla.
Logró su propósito: durmió hora y media más, pero deseó no haberlo hecho; había soñado con él, con su sonrisa de superioridad, su carácter egocéntrico, su manera de ser, totalmente confiado de sí mismo, con sus pantalones caídos, su pelo revuelto, aquella gorra roja, su preferida según parecía por tantas veces como la llevaba…
-¡BASTA! –Le gritó a su propio pensamiento.- Está bien, tú ganas, iré a buscarle.


Salió de su casa sobre las doce, creyendo ser ella la que manejaba la situación, la que decidía cuándo y dónde se verían. Por supuesto, estaba equivocada: mucho antes de haber decidido ella que iría a su encuentro, Dany ya estaba preparando su ropa, sabedor de que Kath no rechazaría su invitación.
La mañana estaba fresca a pesar de que el sol lucía bien alto. Llegó a la plaza cuando empezaban a posarse algunas sombras sobre el suelo. Se lo encontró sentado sobre un banco cercano al sitio dónde se habían encontrado la noche anterior. Al verla, sonrió.
-Idiota –dijo Kath.
Dany se incorporó y la esperó con paciencia, no tenía prisa alguna.
-Sabía que vendrías.
-Ve al grano. ¿Qué he perdido?
-¿Te crees que te lo voy a dar sin recibir nada a cambio?
-Oh, por supuesto que no, eres demasiado estúpido como para tener un gesto amable. De todas maneras, no te he dicho que me lo des, sino que me digas qué he perdido.
-Bueno, me da igual: dar, decir; al fin y al cabo sales ganando tú y yo sin nada.
-¿Qué quieres?
-Mmm… -se quedó un rato en silencio, haciéndole creer a Kath que estaba pensando en lo que le iba a pedir cuando en realidad él lo tenía muy claro.- Verás… esta noche hay un concurso de break en la Plaza de San Sebastián. El edificio este alto, de color miel que hay junto a un…
-Eres desesperante –le interrumpió.
-Am, gracias, pero me has hecho perder el hilo. ¿Por dónde iba? Oh, no me acuerdo, tendré que empezar de nuevo –sonrió, satisfecho de haberla puesto de los nervios.
Kath hizo ademán de darse la vuelta, pero entonces Dany acabó su frase.
-…y quiero que vengas conmigo.
-Perdona, ¿qué has dicho?
-Que quiero que vengas conmigo. ¿A qué hora te paso a buscar?
-¿A las 25:75 te viene bien? –se burló ella, molesta.
-Em, no, a esa hora tengo dentista: unos dientes tan perfectos no se consiguen solos.
-Qué pena, yo antes de esa hora no puedo.
-Bueno, que sea después entonces, no tengo prisa, cariñito.
-Estupendo –susurró ella.- ¿Y cómo puedo estar segura de que tienes algo mío de verdad y que no te lo estás inventando?
-Ahí tienes razón: no puedes estarlo. O te fías de mí o… -se calló un momento, esperando a que ella le saltase.- Vaya, esta frase no las acabado; pierdes facultades. A lo que iba: o te fías de mí, o te fías de mí.
-¿Y si no me fío?
-Lo harás.
-¿A qué hora es la fiestita esa?
-Primero: no es una fiesta, es un concurso. Segundo: no tiene hora fija; cuando lleguen todos los participantes, empieza. Da igual que sean las nueve de la noche o las tres de la mañana.
-Ay, que pena, pero es que mi mami hasta tan tarde no me deja, otra vez será.
-Tú tranquila, tito Dany lo soluciona.
Kath se quedó callada, meditando la manera menos humillante de aceptar su propuesta.
-Está bien, no haré que hieras tanto tu orgullo: te paso a buscar a las ocho. Estate preparada, cielín.
-Qué amable. ¿Y por este gesto no pides nada a cambio?
-¿Lo dudabas? –Dany se agachó hasta quedar a la altura de Kath, se inclinó sobre ella y le dio un beso en la comisura del labio.- Pero tranquila, te lo cobraré esta noche.
Con las mismas, se irguió, se dio la vuelta y se alejó, dejando a Kath confundida, cabreada y, por desgracia para ella, con ganas de más.

When you FALL in love. (1)

Sentada frente a la ventana contemplaba con desgana como pasaban las horas. Las cuatro, las cinco, las seis. En su mp3 sonaba su canción favorita por el momento. Canturreaba palabras inventadas puesto que la canción era inglesa y mucho no entendía. Pensó en ir a buscarla por google, pero no le apetecía moverse de su sitio. Estaba cómoda mirando el cielo, más claro que ningún día de verano. La gente pasaba: algunas personas iban con prisas, otras, se paraban a observar hasta el más mínimo detalle de cada figura que había a su alrededor. Sí, era un bonito día.
Un golpe sordo en la puerta la sacó de su sueño despierto.
-¿Cariño?
-Dime, mamá.
-¿No vas a salir?
-Eh, no, no tengo ganas –desvió la mirada para volver a sumergirse en sus propias fantasías, pero su madre no se lo permitió.
-Vamos a ver, estamos en verano, hace un día espléndido, y tú no quieres salir. ¿Se puede saber por qué?
-Si te digo la verdad, no lo sé; estoy bien aquí.
-Bueno, como quieras, no insistiré más.
Salió de su cuarto haciendo un intento de portazo. Kath ni se inmutó: antes de que su madre se levantara, ya se había colocado el casco de nuevo.
A lo lejos, en un parque cercano, vio una gran multitud de personas rodeando a alguien o algo. Se incorporó para intentar ver qué era eso que llamaba tanto la atención, pero la gente inquieta, moviéndose de un lado para otro, no la dejaban verlo.
Se calzó sus Nike y bajó con tranquilidad las escaleras de casa.
-Mamá, salgo un momento, no tardo.
-De acuerdo, Catherine.
Salió dando un intento de portazo, tal como había hecho su madre antes.
Conforme se fue acercando a la multitud, iban aumentando sus ganas de darse la vuelta. Sería imposible pasar entre tanta gente. Aún así, su curiosidad pudo más y se acercó lentamente, tanteando los posibles huecos por los que podría colarse.
-Bah, es imposible, tampoco será tan importante.
Caminó unos cinco pasos hacia atrás y se topó con un obstáculo, algo que no le permitía seguir avanzando, aunque fuera andando del revés.
-Oye, perdona, ¿te puedes quitar?
Se giró bruscamente y vio un rostro familiar. Este le sonrió.
-Oh, Dany, que raro verte en un sitio tan abarrotado –dijo en tono sarcástico.
-¿A qué sí? –respondió mientras mantenía su sonrisa.
-Sí –se limitó a contestar Kath.
-¿Qué haces aquí?
-Dar una vuelta.
-¿Justamente por dónde salgo yo?
-No, justamente por donde vivo yo. ¿No será que me sigues tú?
Dany rió escandalosamente.
-¿Te molestaría que lo hiciera?
-¿Te molestaría que te denunciara por acoso?
-Vale, vale, tampoco tienes por qué ser tan borde. Encima que me acerco para ayudar…
-¿Para ayudar?
-Sí, te vi un poco perdida y pensé que quizás necesitarías la ayuda de una persona con contactos, e inmediatamente después…
-Pensaste en ti –le cortó.
-No. Bueno, para qué mentirnos; en realidad, sí.
Kath desvió la mirada de nuevo hacia el colapso de gente, con la esperanza de que hubiera menguado. Todo lo contrario: había crecido.
-Puedo conseguirte asientos de primera fila si quieres.
-No veo las sillas por ninguna parte –se burló ella.
-Tampoco ves qué es lo que atrae tantas miradas y, sin embargo, aquí estás.
Kath resopló. Ahora recordaba claramente por qué nunca había hecho buenas migas con aquel tipo. Era demasiado arrogante, presuntuoso, creído y si se acercaba a las tías, era solo para echarles un polvo. Se le revolvió el estómago ante la idea de que se le hubiera acercado para eso. ‘Hasta arcadas me da este tipo’, pensó.
-Bueno, yo me voy, te veré en septiembre si acaso.
-Espera.
-¿Qué? ¿Has cambiado de idea y quieres venir con tito Dany?
-No, es que se te ha caído algo al suelo.
Se registró los bolsillos en busca de aquello que había perdido, pero lo halló todo en su sitio.
-A ver, Sherlock Holmes, ¿qué se me ha caído?
-Tu dignidad –sonrió ella.
Se dio la vuelta y empezó a caminar con tranquilidad, invitando a Dany a seguirle el paso sin ella saberlo. Decidido, se colocó la gorra y avanzó. Apenas le dio tiempo de dar dos zancadas, pues una voz femenina y sugerente gritó su nombre desde la dirección contraria a la que él se dirigía. Se dio la vuelta cuidando de no perder a Kath de vista.
-Dime, Alex.
-¿Ya te vas? Ni si quiera has bailado –le dijo mientras se acercaba a él.
-No, no me voy. Iba a por un refresco, ¿quieres que te traiga uno? –le ofreció intentando librarse de ella.
-Jack y Beto ya han traído. También trajeron vodka, JB y Larios –sonrió con picardía.- Entonces te quedas, ¿no?
-Eh… -giró la cabeza con disimulo para ver si su detective particular se había alejado mucho. No estaba.- Sí, me quedo.
Ella le agarró del brazo y tiró de él hasta un pequeño grupo en medio de la multitud. Dany se lamentó por haber dejado escapar a Kath. Llevaba todo el verano esperando para verla […]
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