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Be solo quiere divertirse

Cuando abrió los ojos se topó con su mirada color café y esa estúpida sonrisa que le deseaban buenos días. Bree apartó la vista bruscamente y se levantó con la misma cara de amargada que tenía todas las mañanas.
-Buenos días a ti también, sí –le reprochó Ethan estirándose en la cama.
La chica le dedicó una sonrisa irónica y tiró encima de la cama sus vaqueros caídos.
-Venga, vístete antes de que se levante mi madre y la liemos.
Bree acaba de ponerse la camiseta de Stradivarius, esa blanca que tiene el hombro caído que tanto le gusta. Ethan se levanta aún en boxers y la abraza por detrás.
-¿No me puedo quedar a desayunar? Seguro que me la gano con mis tortitas de caramelo…
-Qué pesado eres, joder –se deshace de mala gana de su abrazo y sale de la habitación dando un portazo.
Son apenas las 7:30 de la mañana y la bocina del coche de Be no para de sonar, tentando a Morfeo a abandonar a su madre.
Cuando ve salir a Ethan de su casa, arranca el coche y espera con impaciencia a que entre.
-¿Dónde pretendes ir a las 7:30? El instituto hasta las 8 no abre.
-Te iba a llevar a tu casa para que te cambiaras de ropa, pero nada, si no quieres te vas andando.
-Mira, que te jodan ya, que no sé qué narices hacer para tenerte contenta.
Bree se quedó sentada, asimilando las palabras de Ethan sin mirarle. Alargó una mano en dirección a su puerta y la abrió, indicándole que saliera del coche.
-No sé qué cojones te pasa, pero a mí no me vengas llorando cuando todo el mundo te dé la espalda por ser tan gilipollas.
Dio un portazo y se perdió a paso ligero entre la neblina de la mañana.
Bree dejó caer la cabeza sobre el respaldo del asiento y cerró los ojos, tratando de calmarse. Sacó el móvil y buscó entre sus contactos algún amigo que al llevara tiempo sin ver.

¿Era tan malo querer solo diversión?

Miradas, corazones, motor

Hacía dos meses que no cruzaban una sola palabra. Tan solo miradas de nostalgia era lo que compartían.
Ella no daba el paso por su orgullo; él, por miedo al rechazo. Aunque ninguno lo aceptaba, se regalaban cien visitas diarias en busca de algún tablón, comentario o estado que les pudiera guiar acerca de cómo le iba al otro.
Ella se tiraba las noches en vela leyendo sms, comparando el principio con el final, y llorando en silencio. Él dormía abrazado a su foto, acariciando sus ojos azules y memorizando la dedicatoria que había por detrás.
Martes, 14:30, salida, libros y hojas desparramadas, corazones recién encontrados.
-Lo siento, de veras.
-No pasa nada.
Se rehuyen la mirada mientras recogen los apuntes de ella. Él le da los pocos que logró recoger antes de que ella le impidiera agacharse. Se rozan con la punta de los dedos: electricidad. Ella se da la vuelta.
-Bree, espera.
-Dime –sus miradas se encuentran, por fin.
-Te estás comportando como una inmadura.
-¿PERDONA? No fui yo la que cortó por sms, ¿eh? Te lo recuerdo.
-Oh, venga, me vas a decir que me rehuyes por eso… Escucha, yo también te echo de menos y estoy harto de fingir indiferencia.
-¿Tú también me echas de menos? ¿Y ese ‘también’ a santo de qué viene? Creo que te estás confundiendo de Bree, si me disculpas.
Él la agarra del brazo.
-Te quiero, Be.
El sonido de un motor se acerca sutilmente a la acera donde están. Ella sonríe.
-Lo sé, Drew, y yo a ti también.
Un chico moreno, ojos marrones pero intensos, casco en mano, baja de la moto.
-Pero ya no eres el único.
Le da un beso en la nariz, inocente, pícara. Se aleja en dirección a la Kawasaki ninja 250 y se pierde en el horizonte, el humo delator de su rumbo perdido.
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